EL CUADRO DEL DÍA

Empieza el día con un poco de "harte". Todos los días, a la hora del café, comentamos una obra de arte famosa. Un tumblr de Harte con Hache, creado por Marga Fernández-Villaverde, historiadora del arte.
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Stanley Spencer - "Autorretrato" (1914, óleo sobre lienzo, 63 x 51 cm, Tate Gallery, Londres)

Stanley Spencer (1891-1959) fue uno de los pintores británicos más originales. Al igual que Rothenstein, Rutherston y Orpen, los artistas que hemos visto estos últimos días, también estudió en la Slade School of Fine Art de Londres.

Este autorretrato, el primero de los muchos que pintó a lo largo de su vida, lo hizo dos años después de graduarse. Intenta imitar los retratos antiguos, utilizando un claroscuro muy marcado que hace destacar el rostro sobre el fondo con mucha fuerza. La mirada intensa del artista y su gesto serio, inocente o melancólico (según se mire), resultan casi hipnóticos. Los autorretratos de Spencer son siempre muy honestos y profundamente introspectivos. Es como si el artista hiciese a través de ellos una especie de terapia psicológica del tipo “conócete a ti mismo”.

Resulta curioso comparar este primer autorretrato, pintado a los veintitrés años, con el último que hizo, a los sesenta y siete, pocos meses antes de morir de cáncer: http://bit.ly/1pXVDyP. A pesar de los años transcurridos, la mirada sigue siendo igual de intensa, pero ahora mucho más sabia.

William Orpen - "El espejo" (1900, óleo sobre lienzo, 50x 40 cm, Tate Britain, Londres)

Este es uno de los mejores cuadros que pintó William Orpen en su juventud. Es un retrato de Emily Scobel, una chica que trabajaba como modelo profesional para la Slade School of Fine Art. El pintor tuvo un affaire con ella y estuvieron varios meses comprometidos, pero al final la dejó por otra.

El cuadro está pintado en el estudio de Orpen y si no fuese por las referencias pictóricas que contiene, sería un retrato más bien soso. Pero fijáos en la pose de la modelo: sentada de perfil, con las manos en el regazo y los pies colocados sobre un escabel. ¿No os recuerda a otro cuadro muy famoso? Es la misma postura que escogió Whistler para retratar a su madre treinta años antes: http://bit.ly/1wo65Ik. Incluso la colocación de los marcos que hay en la parte superior de la pared nos recuerdan a este cuadro. La principal diferencia con la madre de Whistler es que Emily Scobel gira la cabeza para mirar hacia el espectador.

La otra referencia pictórica de este lienzo es el espejo convexo que está en la pared, un homenaje a “El matrimonio Arnolfini” de Jan Van Eyck (http://bit.ly/1uLYcZi), una de las obras más importantes de la National Gallery de Londres. Sabemos que los alumnos de la Slade School visitaban con frecuencia este museo para estudiar la pintura de los grandes maestros. Si ampliáis la imagen, comprobaréis que en el espejo hay dos figuras reflejadas: el propio artista, sentado frente a su caballete, y una mujer vestida de blanco que le mira trabajar. Este pequeño detalle cambia nuestra percepción de la obra: la chica retratada ya no nos está mirando a nosotros, sino a su novio, William Orpen.

William Orpen - "Autorretrato" (h.1910, óleo sobre lienzo, 102 x 84 cm, Metropolitan Museum, Nueva York)

Este chulainas que veis aquí es el pintor irlandés William Orpen (1878-1931), otro de los ex-alumnos de la Slade School of Fine Art de Londres. Orpen se convirtió en uno de los retratistas más populares de su generación y como tal, prefería dejar de lado las moderneces para contentar a sus clientes. Sin embargo, a la hora de pintar autorretratos, como solo tenía que contentarse a sí mismo, podía permitirse el lujo de soltarse un poco la melena.

En este cuadro tan original, Orpen se autorretrata como pintor y como dandy. Su figura está reflejada a través de un espejo de cuerpo entero que tenía en su estudio. Va vestido de forma elegante, con bombín, pajarita, guantes y fusta, y mira desafiante hacia el espectador, como diciéndole: "no me lleves la contraria, que te arreo un fustazo". Este es el Orpen mundano, la imagen que quiere dar de sí mismo ante la sociedad (por eso pinta su reflejo, en vez de mostrarse directamente). El marco del espejo está lleno de notas y cartas que le dan un toque de color al cuadro. Su faceta como pintor está representada por los trapos y pinceles que vemos en la parte inferior del cuadro (no reflejados, sino reales). Pero todavía tenemos otro Orpen más, el fiestero, simbolizado por las botellas de licor que aparecen tanto dentro como fuera del espejo.

Este autorretrato también se conoce con el título de "Leading the Life in the West". Este oeste es el de la ciudad de Londres, donde residía el artista de joven. Y así es como se representa Orpen a sí mismo, con esa pose tan sobrada, dominando a golpe de fusta todas las facetas de su vida.

Albert Rutherston - "La confesión de Claude" (1901, óleo sobre lienzo, 75 x 98 cm, UCL Art Museum, Londres)

Albert Rutherston (1881-1953) era el hermano menor de William Rothenstein, el pintor que vimos en el cuadro de ayer (http://bit.ly/1m2C9hm). El apellido no coincide porque Albert se lo cambió durante la Primera Guerra Mundial, por patriotismo, para que sonase más inglés. Al igual que su hermano William, también estudió en la Slade School of Fine Art de Londres. Además de pintar obras de carácter realista, dedicó buena parte de su carrera al diseño de decorados teatrales.

Este cuadro, pintado cuando solo tenía veinte años, le permitió a Rutherston ganar el primer premio del concurso de pintura que organizaba la Slade School anualmente. Cada verano, los alumnos debían pintar un cuadro de gran formato y que incluyese varias figuras sobre un tema proporcionado por la escuela. Las obras ganadoras pasaban a formar parte de la colección artística de la institución (el actual UCL Art Museum). El lienzo de Rutherston no está mal, pero tampoco es una obra maestra. Aunque la composición es buena, tiene pequeños fallos técnicos, como los pliegues poco creíbles del vestido y el chal de la mujer arrodillada (normal, si tenemos en cuenta la juventud del artista). A pesar de todo, tiene algo que engancha: la relación entre estos tres personajes estimula nuestra curiosidad. ¿Qué está pasando en esta habitación?

El tema del cuadro está basado en la primera novela de Émile Zola, "La confesión de Claude". En realidad, no representa ninguna de las escenas concretas de la novela, sino que más bien se inspira en ella. La obra de Zola, narrada en primera persona, es el testimonio de un joven de provincias llamado Claude, idealista y de buen corazón, que al poco tiempo de llegar a París se ve en la obligación moral de hacerse cargo de una chica corrompida, que ni siquiera le gusta, por el mero hecho de haberse acostado con ella. Claude y Laurence, que es como se llama la chica, viven en la más absoluta miseria (nada que ver con el interior medio “lujoso” que ha pintado aquí el artista), pero ella, en vez de agradecerle sus desvelos, se lo paga con indiferencia y poniéndole los cuernos. El cuadro se supone que representa el momento en que Claude se enfrenta a Laurence para pedirle explicaciones por su infidelidad. La anciana que está sentada en la cama es una alcahueta, que vive en su mismo edificio, y que es quien se ha chivado a Claude para provocar la ruptura de la pareja.

Una combinación interesante: una novela de juventud de Zola y una obra de juventud de Rutherston. Las dos imperfectas, pero con cierto encanto.

William Rothenstein - "Casa de muñecas" (1899-1900, óleo sobre lienzo,  89 x 61 cm, Tate Britain, Londres)

La familia Rothenstein fue bastante prolífica en temas artísticos. De los seis hermanos, dos se convirtieron en pintores y otros dos en coleccionistas de arte. William, el primogénito, fue el más famoso de todos ellos. Había estudiado en la prestigiosa Slade School of Fine Art de Londres, al igual que muchos otros importantes artistas británicos de su época (durante los próximos días, veremos obras de otros pintores que salieron de esta misma escuela).

Este cuadro, que fue premiado en la Exposición Universal de París de 1900, representa una de las escenas de la obra de teatro "Casa de muñecas" (1879) del noruego Henrik Ibsen. Está considerada como la primera obra teatral feminista y fue muy controvertida en su época por tener como protagonista a una joven que, harta de ser una mujer florero, decide rebelarse contra su marido y el orden establecido. (Para poder explicar el cuadro, voy a tener que destripar el argumento, así que quien no haya leído la obra y quiera hacerlo, mejor que no siga.)

En este lienzo, Rothenstein no pinta al matrimonio protagonista, Nora y Torvald Helmer, sino a dos personajes secundarios que serán decisivos en la resolución de la obra: Nils Krogstad (el “malo” que intenta chantajear a los Helmer) y Kristine Linde (una amiga de Nora). En el tercer acto, la señora Linde le propone a Krogstad que se case con ella a condición de que rompa los documentos que comprometen a su amiga Nora. Rothenstein se ha tomado algunas licencias poéticas, como situar la escena en una oscura escalera, en vez de en el salón de los Helmer, que es donde tiene lugar toda la obra. Esto permite resaltar el ambiente opresivo y el carácter clandestino de la reunión. La relación entre ambas figuras no queda clara del todo (igual que tampoco queda clara en la obra de Ibsen).

Rothenstein pintó el cuadro durante su luna de miel. Su recién estrenada esposa, la actriz Alice Knewstub, es la modelo que posó para la figura de Kristine Linde, en las escaleras de la casa que habían alquilado en Vatteton (Normandía). El que hace de Krogstad es su amigo, el también pintor Augustus John.

Sir William Quiller Orchadson - "La primera nube" (1887, óleo sobre lienzo, 83 x 121 cm, Tate Britain, Londres)

William Quiller Orchadson fue un importante pintor escocés de la época victoriana. Su especialidad era este tipo de escenas domésticas, en las que los personajes permanecen aislados, incapaces de comunicarse entre sí. Para remarcar este distanciamiento psicológico, Orchadson solía pintar estancias muy amplias que le permitían separar físicamente a las figuras. Generalmente, utiliza un colorido bastante limitado, pero muy elegante, con un predominio de tonos crema y dorado. La técnica es algo abocetada, pero sin pasarse (lo justo para parecer moderno y a la vez seguir vendiendo cuadros).

Esta escena está protagonizada por el típico matrimonio de conveniencia: un hombre maduro y rico con una mujer mucho más joven y guapa. Acaban de llegar a casa procedentes de una cena, fiesta o espectáculo (ella ha dejado su abrigo encima de una de las butacas rojas) y por alguna razón que desconocemos, han debido discutir. La mujer está saliendo de la estancia, muy digna, dejando a su señor esposo con la palabra en la boca. Tal y como nos indica el título, es “la primera nube” de una relación que acabará siendo tormentosa.

Aparte de estar separados físicamente, la figura del hombre y de la mujer contrastan también en otros aspectos, que contribuyen a acrecentar la distancia visual-psicológica entre ellos: él está de frente y ella de espaldas (aunque podemos entrever su rostro reflejado en un espejo); él va vestido de oscuro y ella de color blanco; él está situado sobre un fondo claro y ella sobre un fondo oscuro… En la estancia, hay muchos detalles decorativos claramente femeninos, como la gran cantidad de vasitos y jarrones llenos de flores que vemos en las mesas.

El cuadro transmite dos mensajes muy claros. En primer lugar, que los matrimonios de conveniencia raramente salen bien. Y en segundo lugar, que no importa que el hombre tenga el poder económico del hogar, al final será ella quien lleve los pantalones.

Giovanni Boldini - “John Lewis Brown con su esposa y su hija” (1890, óleo sobre lienzo, 120 x 145 cm, Fundación Calouste Gulbenkian, Lisboa)

Giovanni Boldini fue uno de los retratistas más famosos de su generación (seguro que a todos os suena el famoso retrato que hizo de su paisano Verdi: http://bit.ly/1lQDbwR). Aunque nació y estudió en Italia, se trasladó a París a los treinta años, donde residiría hasta el final de sus días, ganándose muy bien la vida.

Este señor tan simpático que ha pintado aquí es John Lewis Brown, un pintor de nacionalidad francesa y origen escocés. El pobre es feo como un pecado, pero su sonrisa es una de las más contagiosas de la historia del arte (nada más ver el cuadro, se pone uno de buen humor). Boldini le retrata junto a su esposa y su hija, utilizando un fondo neutro que no quita protagonismo a las figuras, a pesar de que van vestidas en tonos oscuros y sobrios (el único punto de color es el minúsculo lazo rojo que lleva Brown en la solapa). Esta falta de color hace que nos fijemos más en la expresión de los rostros del pintor y las dos mujeres. La composición es muy moderna, espontánea y llena de movimiento, con las tres figuras descentradas, como si acabaran de entrar en el cuadro por la derecha y nos saludaran al vernos con una sonrisa. De hecho, toda la franja izquierda del lienzo está completamente vacía. Esté cuadro está en las antípodas del típico retrato formal, más bien parece una foto improvisada.

Boldini expuso esta obra en el Salón de París de 1890, el mismo año en que falleció Brown. Seguro que el artista estaba encantado de haber dejado para la posteridad una imagen tan optimista de sí mismo.

Caspar David Friedrich - "Acantilados blancos en la isla de Rügen" (1818, óleo sobre lienzo, 90 x 71 cm, Museo Oskar Reinhart, Winterthur)

El paisajista alemán Caspar David Friedrich pintó este cuadro para celebrar su luna de miel. Acababa de casarse con Christiane Caroline Brommer, una señorita a la que sacaba casi veinte años. Para impresionarla, durante el viaje, la llevó de excursión a los acantilados blancos de isla de Rügen, en el mar Báltico. Esa es la escena que vemos representada en este lienzo, aunque no de forma exacta, ya que Friedrich normalmente hacía bocetos en diferentes lugares y los mezclaba a la hora de pintar el cuadro, creando unos paisajes creíbles, pero que en realidad no existían. Es decir, lo que ha pintado aquí son unos acantilados que se parecen a los de la isla de Rügen.

Los tres personajes del cuadro podrían ser Christiane, Friedrich y un hermano del pintor que les había acompañado en esa excursión. Los tres admiran el paisaje como buenos románticos, asomándose audazmente hasta el borde del precipicio (el subidón de estar en peligro, a merced de los caprichos de la naturaleza, era un puro deleite para los románticos, siempre necesitados de emociones fuertes). La mujer, vestida de rojo, está sentada sobre las raíces de un arbusto y se agarra fuertemente a sus ramas, no vaya a ser que en pleno éxtasis contemplativo le dé un vahído y se caiga acantilado abajo, antes de que le acerquen las sales. El de la derecha (el hermano de Friedrich) es algo más “prudente” y prefiere mirar desde detrás de un matorral, probablemente demasiado miserable como para frenar una caída. El del medio se supone que es Friedrich, pero no tenemos claro qué está haciendo ahí tirado a cuatro patas. Quizás acaba de pegarse un trompazo, perdiendo sombrero, bastón y puede que los dientes. A lo mejor está intentando reptar hasta el borde para mirar hacia abajo, agarrado a las hierbitas del suelo para no caerse (hay que tener en cuenta que por entonces ya era un cuarentón, y un cuarentón del siglo XIX era poco menos que un anciano). O puede que esté haciéndose el machote, jugándose el tipo para coger las florecillas que señala su recién estrenada esposa (que a este paso se quedará viuda antes de que acabe la luna de miel).

(Gracias, Rosa Martín Ros por “prestarme” este cuadro que no conocía.)

Paul Cézanne - “Paul Alexis leyendo un manuscrito a Émile Zola” (1869-1870, óleo sobre lienzo, 130 x 160 cm, Museo de Arte de São Paulo)

Paul Cézanne, Émile Zola y Baptistin Baille se conocieron a los doce o trece años en el colegio Bourbon de Aix-en-Provence. Se hicieron tan amigos que la gente de por allí les llamaba “los tres inseparables”. Unos años más tarde, Zola se trasladó a París para buscar fortuna como escritor y convenció a Cézanne de que se reuniese allí con él para estudiar pintura.

En este cuadro, que quedó inacabado (se cree que por el estallido de la guerra franco-prusiana), Cézanne retrata a su amiguito del alma junto a Paul Alexis, un escritor más joven que también era de Aix-en-Provence. Este último está leyendo un manuscrito en voz alta a Zola, que por entonces ya era un novelista consagrado. El pobre hombre está sentado en una silla tan baja que tiene que abrirse de piernas y cruzar los pies, para evitar que las rodillas le lleguen a la barbilla. Zola está recostado en plan oriental encima de una colchoneta con cojines. En contra de lo que pueda parecer a simple vista, Cézanne no pretendía crear un contraste cromático entre ambas figuras, una blanca y otra negra. El cuerpo de Zola y los cojines son blancos porque no acabó de pintarlos y lo que estamos viendo es el fondo claro del lienzo y cuatro rayas que esbozan las formas.

La amistad de Zola y Cézanne se fue al garete cuando el escritor publicó en 1886 su novela "La obra", inspirada parcialmente en la vida de ambos. El protagonista, Claude Lantier, de carácter hosco y aspecto desaliñado, recuerda sospechosamente a Paul Cézanne y su amigo, el escritor Pierre Sandoz, es un calco del propio Émile Zola. En la novela, Zola hace una crítica muy dura de los dos rumbos que, en su opinión, estaba tomando el arte. Por un lado, el de los pintores aburguesados que prostituían el estilo impresionista para adaptarlo al gusto del público y hacerse ricos. Por otro lado, el de los pintores honestos y modernos, como Lantier/Cézanne, que al alejarse peligrosamente del naturalismo estaban condenados al fracaso (con el paso de los años, se demostró que Zola no tenía razón en este punto y que el arte podía sobrevivir perfectamente sin necesidad de ser naturalista). Cuando recibió la novela, Cézanne le escribió a Zola una carta muy fría, fechada el 4 de abril de 1886:

"Mi querido Émile,
Acabo de recibir “La obra”, que has tenido la gentileza de enviarme. Agradezco al autor de los Rougon-Macquart este grato testimonio del pasado, y le ruego que me permita estrecharle la mano en recuerdo de los viejos tiempos. Tuyo siempre, por el ímpetu de los años transcurridos,
Paul Cézanne”

Hasta hace poco, se pensaba que esta era la última carta que se habían intercambiado y que nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Sin embargo, hace unos meses apareció una nueva misiva, fechada un año más tarde, que da al traste con la teoría (http://bit.ly/YptH1f). Es cierto que jamás volvieron a ser tan amigos como antes, pero tampoco llegaron a romper del todo. Prefirieron mantener una relación cordial y distante.

Édouard Manet - “Retrato de Émile Zola” (1868, óleo sobre lienzo, 146 x 114 cm, Museo d’Orsay, París)

El novelista Émile Zola era un gran defensor del pintor Édouard Manet. Estaba tan convencido de su valía, que no dudaba en jugarse el sueldo publicando artículos en la prensa en los que alababa sus obras y criticaba la cortedad de miras de todos aquellos que se reían de ellas. En uno de estos textos decía lo siguiente: “El sitio del Sr. Manet es el Louvre, como el de Courbet y el de todos aquellos artistas de temperamento fuerte y original […] Quizás se rían del panegirista, igual que lo han hecho del pintor. Pero algún día, ambos seremos vengados. Hay una verdad eterna que sustenta esta opinión: la de que las personalidades aisladas sobreviven y dominan las diferentes épocas. Es imposible –imposible, ¿me oyen? –que el Sr, Manet no tenga su día de triunfo y que no acabe aplastando las tímidas mediocridades que le rodean” (Emile Zola, L’Evènement illustré,  7 de mayo de 1866).

Manet, agradecido, se ofreció a pintar un retrato de su paladín, que en muchos aspectos recuerda al retrato de Jovellanos que había hecho Goya, uno de los pintores más admirados por Manet, setenta años antes (http://bit.ly/1qGVinI). En ambos cuadros, los retratados están sentados ante un escritorio y rodeados de parafernalia relacionada con su profesión y su forma de pensar.

Lo que vemos aquí no es el despacho de Zola, sino un escenario montado en el estudio de Manet. Los libros, el tintero y la pluma nos indican que estamos ante un escritor, pero a Manet le interesa ir un poco más allá y presentar también a Zola como un importante crítico de arte, para justificar así los textos que había escrito sobre él. Por eso, le pinta consultando un volúmen sobre arte (probablemente, "La historia de los pintores" de Charles Blanc). El folleto encuadernado en azul que está justo detrás de la pluma es uno de los artículos que había publicado Zola sobre el artista en 1867.

En un marco de la pared, hay tres reproducciones de obras de arte que tampoco están escogidas al azar: la primera es la "Olympia" de Manet (http://bit.ly/1q0JE9r), un cuadro muy denostado en esa época y que Zola había defendido siempre con uñas y dientes; el segundo es "El triunfo de Baco" de Velázquez, uno de los referentes pictóricos de Manet y que aparentemente, también le gustaba a Zola; y el tercero es una estampa japonesa de Utagawa Kuniaki titulada "El luchador de sumo Onaruto Nodaemon de la provincia de Awa" (http://bit.ly/1wd3y0z). Esta estampa y el biombo oriental del fondo no parecen tener una relación directa con Zola, sino más bien con Manet, muy fan de este tipo de arte.

Dejamos para mañana otro retrato de Émile Zola, pintado también en esta época, pero esta vez por uno de sus amigos de la infancia, un artista todavía más incomprendido que Manet.