EL CUADRO DEL DÍA

Empieza el día con un poco de "harte". Todos los días, a la hora del café, comentamos una obra de arte famosa. Un tumblr de Harte con Hache, creado por Marga Fernández-Villaverde, historiadora del arte.
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Edgar Degas - “La tina” (1885-1886, pastel sobre papel, 67 x 67 cm, Hill-Stead Museum, Farmington, Connecticut)

El Impresionismo revolucionó el mundo del arte, no solo desde el punto de vista técnico, sino también temático. Los artistas se negaban en redondo a pintar nada que no fuese estrictamente contemporáneo: cafés, bailes, teatros, ferrocarriles, bares de mala muerte, paisajes campestres y urbanos… El único tema clásico del que no estaban dispuestos a prescindir era el desnudo femenino. Lo complicado era cómo encajarlo en una composición moderna sin que chirriase demasiado. (Manet ya lo había intentado en su "Almuerzo sobre la hierba" y se había llevado unos buenos palos por parte de la crítica, http://bit.ly/1BAqM1V.) Sin duda, la solución más sencilla era pintar a las señoras en plena toilette y en eso, Degas, era un maestro.

Este pastel forma parte de una serie que realizó para la octava y última exposición impresionista, celebrada en 1886. Los colores son intensos y luminosos. A veces, brillan tanto que parece que sus obras tienen escondida una bombilla por detrás. Pero lo que más llama la atención son los encuadres que escoge para pintar a estas mujeres, con perspectivas cero convencionales, descentrando las figuras y cortando los objetos y los muebles de alrededor. 

En este caso concreto, ha utilizado un punto de vista alto. Estamos viendo a la chica desde arriba, mientras se agacha para escurrir o mojar la esponja en el barreño. Su cuerpo se refleja en la superficie mojada del mismo. Degas maneja tan bien la técnica del pastel que le han bastado unas pocas rayas y un par de manchurrones para esbozarlo. La figura de la joven está muy descentrada, tanto que solo ocupa la mitad derecha de la obra. Ni siquiera el barreño está en el medio. Todo esto hace que la composición sea en cierto modo inestable, pero al mismo tiempo muy realista (normalmente, no vemos las cosas de nuestro alrededor centradas). Es todo tan natural que nos da la sensación de estar espiando a la chica. Estamos, una vez más, ante la eterna figura del voyeur-espectador, que tan buen resultado da en el arte.

Jules Bastien-Lepage - “La cosecha” (1877, óleo sobre lienzo, 160 x 195 cm, Museo d’Orsay, París)

Jules Bastien-Lepage fue uno de los discípulos del pintor academicista Alexandre Cabanel, clásico entre los clásicos y autor de "El nacimiento de Venus" que vimos hace unos meses: http://bit.ly/1yyiSK4. Al acabar sus estudios pictóricos, Bastien-Lepage decidió no seguir los pasos de su maestro, ni tampoco los de los impresionistas, que estaban en pleno apogeo en ese momento. Prefirió crear un estilo propio, más moderno que el academicismo y más clásico que el Impresionismo, y pintar lo que realmente le apetecía: campesinos.

Los padres de Bastien-Lepage eran agricultores, así que el chico sabía de primera mano como era la vida en el campo. No era un tema novedoso. Los pintores realistas, como Jean-François Millet o Gustave Courbet, lo habían explotado con ganas durante la generación anterior. En realidad, lo que estaba haciendo Bastien-Lepage era un “revival” del realismo, por mucho que en ese momento decidiesen llamarlo “naturalismo” (hoy en día diríamos “realismo 2.0” o “realismo de segunda generación”). La única diferencia entre el realismo de verdad y el naturalismo de Bastien-Lepage es que los cuadros de este último son ligeramente edulcorados. De hecho, los campesinos de Bastien-Lepage son tan guapos y felices, que dan ganas de comprarse un terrenito y una azada para vivir como ellos.

Este cuadro, una de sus mejores obras, representa a una pareja de campesinos descansando durante la cosecha. La figura de la chica es tan llamativa que nos cuesta trabajo fijarnos en el pobre hombre que está durmiendo la siesta en el suelo. El artista ha tenido la precaución de pintarle un sombrero sobre la cara, para que no nos distraigan sus facciones. Está claro que quiere que la miremos a ella. La muchacha descansa sentada en la hierba, con las piernas estiradas y el tronco echado hacia delante. Parece agotada y tiene la mirada perdida, como si fuese incapaz de concentrarse en nada más.

El colorido sobrio, el tono plateado del campo de trigo y el horizonte alto, le dan un toque moderno a la obra; así como la forma tan característica que tenía Bastien-Lepage de pintar, combinando la precisión del dibujo academicista con las pinceladas sueltas del Impresionismo. Un artista estupendo que lamentablemente falleció a los treinta y seis años, antes de poder convertirse en uno de los grandes.

Théodore Géricault - "Retrato de una envidiosa patológica" o “La hiena de la Salpêtrière” (1820-1824, óleo sobre lienzo, 72 x 58 cm, Museo de Bellas Artes de Lyon)

Este cuadro tan impactante pertenece a la serie de retratos de patologías psicológicas que pintó Géricault al final de su vida (si no habéis leído el cuadro de ayer, es obligatorio hacerlo ya: enlace).

Todas las pinturas de esta serie siguen un esquema similar. Son retratos de busto (cortados a la altura del pecho), en los que nunca vemos las manos de los hombres y mujeres retratados. El fondo es neutro y suelen ir vestidos con tonos oscuros. El objetivo de Géricault es representar la obsesión que padecen estas personas únicamente a través de la expresión de su rostro, por eso evita introducir elementos que puedan distraer nuestra atención. Nunca miran directamente al espectador, sino a algún punto que queda fuera del cuadro. Esto nos permite examinar su rostro de un modo más anónimo, como si fuésemos un psiquiatra que les observa sin que se den cuenta.

El realismo con el que está pintada esta anciana es demoledor. Sus ojos enrojecidos están fijos en algo o alguien que envidia, tiene los labios apretados y el ceño ligeramente fruncido. Podemos ver su cerebro maquinando, lleno de rencor por lo que no puede poseer. Pero tampoco provoca rechazo, sino un sentimiento de compasión, por lo vulnerable que parece. A pesar del carácter científico de estas obras, Géricault no puede evitar humanizar a estos personajes (a diferencia de los locos que pintaba Goya, que casi parecían animales). Lo que está haciendo el artista es romper con la idea preconcebida de que los enfermos mentales eran diferentes al común de los mortales, reivindicando su dignidad como seres humanos enfermos y necesitados de ayuda.

(Esta obra también se conoce como "La hiena de Salpêtrière", que era el hospital donde trabajaba Etienne-Jean Georget, el amigo de Géricault que supuestamente le encargó las obras.)

Théodore Géricault - “Retrato de un cleptómano” (h.1820-1824, óleo sobre lienzo, 61 x 50 cm, Museum vor Schone Kuntsten, Gante)

En los últimos años de su vida, el pintor romántico Théodore Géricault realizó una serie de diez retratos de hombres y mujeres que padecían enfermedades mentales (hoy en día sólo se conservan cinco). Géricault era muy amigo por aquel entonces de un psiquiatra francés llamado Etienne-Jean Georget, que fue quien finalmente se quedó con estas obras. Lo más probable es que fuesen un encargo suyo.

En esa época, la psiquiatría estaba en pleno desarrollo. Los problemas mentales habían dejado de ser cosa del diablo para convertirse en una enfermedad más, que podía diagnosticarse y tratarse. Surgió el término “monomanía” (http://bit.ly/1t54zV9) para designar a aquellos pacientes que vivían obsesionados con una idea determinada. Algunos psiquiatras (o alienistas, como se les llamaba entonces) afirmaban que estos pacientes podían ser diagnosticados observando únicamente su aspecto físico; es decir, la fisonomía de estas personas reflejaba de algún modo la patología que sufrían. Los diez retratos de Géricault, que correspondían a diez tipos diferentes de monomanía, permitían avalar estas teorías.

Las personas que posaron para los cuadros no eran modelos profesionales, sino enfermos de verdad, así que Géricault no podía abusar pidiéndoles que posasen durante días y días para él. Tuvo que pintar los cuadros in situ y a toda velocidad (se nota que la pincelada es más fresca y expresiva que la del resto de sus obras). A pesar de ello, consiguió hacer unos retratos magníficos que captan a la perfección la profundidad psicológica de estas personas.

El hombre retratado en este cuadro es el que ilustra la cleptomanía. Fijaos bien en la expresión de su rostro: un señor serio, con la mirada perdida, los ojos vidriosos y un aire cansado y triste. En teoría, este es el aspecto que tiene un cleptómano… Ya podéis diagnosticar a uno cuando lo veáis (es broma).

Mañana, veremos otro cuadro de esta serie, no os lo perdáis.

Eugène Delacroix - “Niña huérfana en el cementerio” (h.1823-1824, óleo sobre lienzo, 66 x 54 cm, Museo del Louvre, París)

De todos los cuadros que pintó Delacroix, éste es uno de mis favoritos. Y el caso es que, en teoría, ni siquiera es un cuadro de verdad, sino un estudio para una de sus obras maestras: "La matanza de Quíos" (http://bit.ly/1pjejdh), un enorme lienzo que denuncia la masacre cometida contra la población griega de la isla de Quíos por parte de las tropas otomanas en 1822, durante la guerra de independencia. A pesar de no ser más que un estudio, la intensidad y perfección con que está pintado el retrato de esta niña lo convierten en una obra maestra.

Delacroix hace que el contraste entre la figura y el fondo sea muy marcado, para darle protagonismo a la chica. El cuerpo de ella está perfectamente delineado, mientras que el paisaje es básicamente un boceto. Aún así, el artista ha tenido la precaución de pintar las cruces bien negras y las lápidas bien blancas, para que no se nos pase por alto que se trata de un cementerio.

No sabemos qué ha sucedido. El hecho de que la niña esté mirando hacia la derecha, a un punto que queda fuera del marco, excita nuestra curiosidad. La criatura está a punto de echarse a llorar (tiene los ojos humedecidos). La mirada intensa y desconcertada, la boca entreabierta, la mano caída sobre su regazo, la camisa blanquísima y la ligera torsión del cuerpo, como si acabase de girarse hacia algo o alguien, hacen que veamos en ella una figura inocente y vulnerable. A los pintores románticos les chiflaba representar las pasiones y los sentimientos del ser humano. Y la verdad es que aquí, Delacroix, se lució de lo lindo.

Gustav Klimt - “Adele Bloch-Bauer I” (1907, óleo, plata y oro sobre lienzo, 138 x 138 cm, Neue Gallery, Nueva York)

Esta mujer que veis aquí, rodeada de oro por todas partes, es Adele Bauer. Era hija de un banquero austriaco y se casó muy joven con un magnate de la industria azucarera llamado Ferdinand Bloch. Por su parte, la hermana de Adele, Therese Bauer, se casó con el hermano de Ferdinand (dos hermanas para dos hermanos, todo quedaba en familia). Para que las chicas no perdiesen su apellido de solteras, las dos parejas decidieron democráticamente unir los dos apellidos, Bloch-Bauer.

Además de empresario, Ferdinand Bloch-Bauer era un importante mecenas y coleccionista. Le compró a Klimt varios cuadros y también le encargó dos retratos de su esposa. Éste es el primero de ellos y como habréis notado, pertenece a la época “dorada” del artista, igual que "El beso" (http://bit.ly/1pwXeM6). A excepción del rostro, el escote y los brazos, el resto del lienzo es pura decoración de pan de oro (como en los iconos bizantinos). Aunque las formas son muy esquemáticas, los diferentes motivos que utiliza nos permiten distinguir el vestido de Adele (lleno de ojos y triángulos), el sillón en el que está sentada (se ve el respaldo bastante bien) y el mosaico de la pared del fondo. El rostro pálido de mejillas sonrosadas y la boca roja entreabierta son típicos de Klimt, al igual que la posición forzada, pero muy expresiva, de las manos.

En 1925, Adele Bloch-Bauer murió de meningitis. Como no tuvieron hijos, especificó en su testamento que, a la muerte de su esposo, los cuadros de Klimt deberían pasar al estado austriaco, para que todo el mundo pudiese disfrutarlos. Un año antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial, Ferdinand, que era judío, tuvo que huir de Austria dejando atrás todas sus posesiones, cuadros incluidos. Como era de esperar, los nazis, muy amigos de lo ajeno, se los apropiaron. Ferdinand falleció en Suiza en 1845, dejando como herederos de todos  sus bienes a los hijos de su hermano Gustav y de Therese, la hermana de Adele. Al acabar la guerra, se recuperaron los cuadros y se depositaron en la Galería Albertina de Viena, tal y como había pedido Adele.

Muchos años más tarde, Maria Altmann (http://bit.ly/1Cuar0W), Maria Altmann, una de las hijas de Gustav y Therese, reclamó judicialmente los cuadros como legítima heredera (junto con los hijos de sus hermanos). En el 2006, tras un largo proceso, consiguió que el estado austriaco les devolviese las cinco obras de Klimt que habían pertenecido a sus tíos (los dos retratos de Adele y tres paisajes). Consiguieron que prevaleciese el testamento de Ferdinand porque Adele, en el suyo, sólo había expresado su “deseo” de que los cuadros fuesen donados al museo, no su “voluntad”. En cuanto los herederos tuvieron las obras en sus manos, las vendieron rápidamente. Este cuadro se lo compró por 135 millones de dólares el coleccionista Ronald S. Lauder (de los Lauder de toda la vida, los de los cosméticos). Hoy en día está expuesto en su galería de Nueva York, donde puede ser visitado por el público. Las otras cuatro obras fueron vendidas en subasta y actualmente están en manos privadas.

Hans Baldung Grien - “El diluvio” (1516, óleo sobre lienzo, Museen der Stadt, Bamberg)

Al pintor renacentista Hans Baldung le encantaban los temas escabrosos y un poco gore. Uno de sus motivos favoritos era el de la muerte y la doncella, protagonizado por un esqueleto repugnante que corteja a una bella damisela (http://bit.ly/1tZdtYD). Aunque la verdad es que este diluvio no se queda corto…

El arca de Noé, que tiene más forma de joyero que de barco (y que es ridículamente pequeña para poder albergar dos animales de cada especie), está flotando en el agua, rodeada de hombres, mujeres y animales que luchan por sobrevivir. El castigo divino afecta a todos por igual: a la madre que amanta a su criatura, al perro y al gato (que por supuesto están a la gresca), al anciano que se lleva las manos a la cabeza porque le ha caído una piedra de las alturas, al religioso con tonsura y en calzoncillos que reza mirando al cielo, a os que intentan subir al arca, al bebé que navega perfectamente arropadito en su cuna… Os recomiendo ampliar la imagen y examinar todos los detalles detenidamente. Merece la pena.

El arca tiene una únca ventana abierta, por la que se asoman varios pajarillos. Pero tengo una duda que no me deja dormir, ¿cómo se las apañarán Noé y su familia para salir del arca cuando deje de llover? ¿Os habéis fijado en que los candados están por fuera?

Walter Richard Sickert - "The Camden Town Murder” o "What Shall We Do for the Rent" (h.1908, óleo sobre lienzo, 25 x 35 cm, Yale Center for British Art, Paul Mellon Collection, Wallington, Connecticut)

Entre 1908 y 1909, Sickert pintó una serie de cuadros inspirados en un famoso crimen que había tenido lugar el año anterior en la ciudad de Londres. La víctima, Emily Dimmock, era una prostituta que vivía y ejercía en el barrio de Camden Town (de donde era vecino Sickert). Murió degollada en la cama, mientras dormía plácidamente, después de haber tenido relaciones sexuales con su asesino. Bertram Shaw, el novio de Emily, fue el primer sospechoso, pero tenía una buena coartada: había estado toda la noche trabajando en el ferrocarril. Más adelante arrestaron a un artista llamado Robert Wood, que fue declarado inocente durante el juicio. A pesar de que el caso tuvo mucha repercusión en la prensa, al final quedó sin resolver (para saber más sobre el tema, podéis consultar este enlace: http://bit.ly/Zvarjl).

El estilo de esta obra es muy similar al de los demás desnudos que estaba realizando Sickert en esa época, conocidos como los “Camden Town Nudes”. Son obras de carácter realista, pintadas en tonos oscuros, en las que suele aparecer una mujer desnuda, tumbada en una cama de hierro, en un interior lóbrego y un tanto sórdido. La diferencia principal es que en los cuadros sobre el asesinato de Camden, incluye también una figura masculina vestida.

Pero si os fijáis, la propia obra no hace ninguna referencia explícita al crimen. Son únicamente un hombre y una mujer en la cama. Como mucho, nos puede provocar curiosidad el hecho de que él esté vestido y ella esté desnuda y que la relación entre las dos figuras sea tan ambigua, pero nada más. El único elemento que nos hace imaginarnos lo que vendrá luego es el título: “The Camden Town Murder” (El asesinato de Camden Town). En cuanto lo leemos, identificamos automáticamente al hombre con el asesino, que medita sentado en la cama antes de sacar el cuchillo para acabar con la mujer. El caso es que Sickert era un poco cabrito y más adelante volvió a exponer este mismo cuadro con un título totalmente distinto: “What Shall We Do for the Rent?” (¿Qué hacemos con la renta?). Esto hace que el significado del cuadro cambie radicalmente. Ahora vemos a una pareja angustiada, que no sabe de dónde sacar el dinero que necesitan para pagar el alquiler del piso miserable en el que viven. Moraleja: un mismo cuadro puede contar historias muy diferentes, dependiendo del cristal con el que se mire.

Algunas teorías conspiranoicas actuales intentan demostrar, con pruebas poco sólidas, que quien cometió el asesinato de Emily Dimmock fue en realidad el propio Sickert. Otros van incluso más allá e identifican a Sickert con Jack el Destripador, que había estado en activo veinte años antes. Es cierto que el artista fue un hombre bastante peculiar y polémico, y que pintó cuadros de prostitutas y crímenes, pero de ahí a que fuese un asesino…

Walter Richard Sickert - “Noctes Ambrosianae” (1906, óleo sobre lienzo, 63 x 76 cm, Nottingham City Museum and Art Galleries)

A Walter Sickert se le considera el padre del arte moderno británico. Aunque fue discípulo de James McNeill Whistler y seguidor de Degas, logro sobrepasar con creces los límites del impresionismo, creando un tipo de pintura muy personal. Sickert consideraba que este cuadro era una de sus mejores obras (de hecho, lo comercializó también en forma de grabado, http://bit.ly/1B1zyWr). El lienzo representa el gallinero o paraíso de un teatro de variedades de la calle Drury Lane de Londres: el Middlesex Music Hall. El artista lo visitaba con frecuencia porque le quedaba bastante cerca de casa.

En vez de centrarse en el espectáculo que estaba teniendo lugar en el escenario, a Sickert le interesa más la reacción del público que lo está presenciando. La “foto” está tomada desde el otro lateral del teatro, un poco más abajo, y lo único que alcanzamos a ver es una amalgama de cabezas, manos y pies (se ven las suelas de algunos zapatos apoyados en las barras) que asoman por detrás de una valla de seguridad. Los espectadores están tan apretujados unos contra otros que si la valla cediese, se caerían todos para abajo. Los rostros y los brazos están apenas esbozados, pero de forma tan magistral que podemos interpretar cada una de sus expresiones y posturas. Están todos muy atentos; es evidente que el espectáculo está en uno de sus momentos álgidos. 

La iluminación es una maravilla. Con solo unos pequeños toques de color claro, Sickert consigue captar perfectamente los reflejos de las luces del escenario sobre las molduras doradas del teatro y las caras de los espectadores, dejando el resto prácticamente en penumbra (la próxima vez que vayáis a un teatro de este tipo, fijáos en cómo se ve la sala cuando apagan las luces).

¿Y a qué se refiere el título "Noctes ambrosianae" (noches de ambrosía)? La ambrosía era la bebida que tomaban los dioses griegos en el Olimpo. Estas zonas de los teatros, donde están ubicadas las entradas más baratas, se denominan en inglés “the gods” (los dioses), por la considerable altura desde la que se vislumbra el escenario (el equivalente a nuestro “paraíso”). Por tanto, Sickert, con su ironía habitual, nos está dejando claro que los espectadores del gallinero son los dioses del teatro, los que determinan con sus ruidosos aplausos o abucheos si la función ha sido un éxito o un fiasco.

John Everett Millais - “Hojas de otoño” (1856, óleo sobre lienzo, 104 x 74 cm, Manchester City Art Gallery)

El pintor británico John Everett Millais fue un niño prodigio. Dibujaba tan, tan, tan bien que consiguió entrar en la Royal Academy (la escuela oficial de pintura de Londres) con tan solo once años. Los profesores tenían todas las esperanzas puestas en él, pero el chaval se les torció (según su conservadora opinión) cuando se juntó con sus compañeros William Holman Hunt y Dante Gabriel Rossetti para fundar la Hermandad Prerrafaelita.

Este cuadro de Millais es una alegoría sobre la fugacidad de la vida. Cuatro niñas de diferentes edades amontonan hojas secas para hacer una fogata al atardecer (el humo está empezando a salir por el lado izquierdo). A pesar de que aún son muy jóvenes, todas ellas llegarán tarde o temprano al otoño de sus vidas y también perderán la inocencia mordiendo la manzana del pecado (la que sujeta la más pequeña en su mano). El otoño es la madurez, la etapa de la vida situada entre la juventud (verano) y la senectud (invierno), al igual que el ocaso que vemos al fondo, que separa el día de la noche.

Las dos niñas que están vestidas de negro son Alice y Sophie Gray, hermanas de la esposa de Millais: Effie Gray (hablamos de ella hace algunos años en el blog de Harte con Hache: "Yo creía que las mujeres eran otra cosa", http://bit.ly/1udEadm). A raíz de su matrimonio con Effie en 1856, la pintura de Millais empezó a torcerse de verdad. Dejó de ser el artista revolucionario que había sido hasta entonces para convertirse en un pintor más bien comercial. Lógico, con los ocho hijos que le dio su señora más le valía vender muchos cuadros para poder alimentarlos a todos.

Ya sé que es un cuadro un tanto melancólico, pero va bien para desearos un feliz otoño.